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Wolf Messing: vidente polaco


La historia del increíble don de Messing comenzó casi en el mismo instante de su llegada al mundo en la pequeña localidad polaca de GoraKavaleriya, cerca de Varsovia, el 10 de septiembre de 1899.
Hijo de una paupérrima familia de agricultores, ya en la escuela se caracterizó por contar con una gran agilidad mental, gracias a la cual lograba memorizar casi instantáneamente las largas oraciones con las que se iniciaban y finalizaban las clases. Pero no solo destacó por su memoria, sino también por un carácter tan inquieto que provocó que huyera de la escuela con solo once años cogiendo un tren rumbo a Berlín. 

En aquel tiempo dos eran las ciudades que rivalizaban por convertirse en la capital cultural europea: París y la citada Berlín, donde personajes como Albert Einstein, Marcel Proust y Sigmund Freud acaparaban las conversaciones en los cafés y los centros sociales. Y allí se dirigía el joven Messing, desconociendo la gran repercusión que aquel mero trayecto de tren tendría en su futuro, pues originó la primera de las fabulosas historias que de él se han recogido. 

Porque se cuenta que, para no ser sorprendido sin billete, el niño Messing se ocultó debajo de un asiento con tan mala fortuna que el revisor le localizó enseguida y le requirió el pasaje. A medida que pasaban los segundos de espera el revisor iba enojándose más y más, hasta que el muchacho sacó un simple papel de su bolsillo y mirando fijamente al hombre le dijo que era el billete. Este lo tomó sin apartar sus ojos de los de Messing, miró el papel y lo dio como válido. Incluso preguntó al chico por qué se encontraba en el suelo poseyendo un pasaje en regla.

¿Conocía Messing sus facultades como mentalista y las aprovechó? Se desconoce, principalmente porque casi todo lo que sabemos de estos primeros años procede de las propias declaraciones que Wolf Messing realizó a los periodistas que le entrevistaron siendo ya famoso, con lo que sus críticos afirman que quizá él mismo mintiera o exagerara para engrandecer aún más su figura. Y es que no debemos olvidar que nos encontramos en las primeras décadas del siglo XX, cuando los espectáculos de magia e ilusionismo, como se decía en la época, copaban los principales escenarios europeos. 

Lejos quedaban ya los burdos, pero efectivos, trucos de personajes como John Henry Pepper, químico analítico, en cuyo show, denominado “Espectáculo de fantasmas”, provocaba la aparición de espectros en el escenario gracias a un juego de luces y espejos ocultos. Era el momento de grandes como Houdini o Daniel Dunglas Home, un escocés que lograba levitar a varios metros del suelo ante la atónita mirada de los espectadores. Y también lo era del propio Messing, quien a los 16 años, tras malvivir durante una época como faquir, desarrolló su propio espectáculo, en el que adivinaba el pasado de los presentes, así como los objetos que algunos portaban en sus bolsillos y carteras. 

Los números de Messing no eran novedosos, pero sí la perfección con la que los efectuaba, hasta el punto de que tras una de esas sesiones recibió la invitación del propio Albert Einstein para asistir a su casa en compañía de otro ilustre, Sigmund Freud.

Por aquel entonces la investigación psíquica estaba en pleno auge y las increíbles cualidades de Messing invitaban a realizar un estudio sobre ellas. Según cuenta el propio Messing en su libro "Sobre mí", Freud lo invitó a entrar en estado de trance, durante el cual debía captar una orden que el creador del psicoanálisis le enviaría mentalmente. “Aún recuerdo claramente aquella orden: ‘Ve al baño, busca unas tijeras y corta de la exuberante barba de Einstein solamente tres pelos’”, relata en su autobiografía el propio Messing. Y así lo hizo, ante la atónita mirada de sus dos invitados, especialmente de Freud, intrigado ya por entonces por los secretos de la psique humana. 

Durante los años siguientes el mentalista polaco realizó varias giras por Europa, entreteniendo a un público necesitado de alegría tras el horror de la I Guerra Mundial. Messing seguía adivinando el pasado de los presentes y era capaz de conducir vehículos con los ojos tapados, según decía, siguiendo las directrices que los espectadores le envíaban mentalmente. 

Y todo hubiera continuado igual si no fuese porque una noche de 1937, en un teatro de Varsovia, Messing realizó el siguiente vaticinio: “Hitler encontrará la muerte si decide invadir con sus tropas el Este”. ¿Fue aquella una auténtica premonición o simplemente un producto de los conocimientos sobre política del vidente? En su favor hay que argumentar que, efectivamente, Hitler invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, y en su contra, que en 1937 ya se comentaba la posibilidad de un pacto de no agresión entre la URSS y Alemania que permitiría que Polonia fuese víctima de la codicia de ambas naciones. Sin embargo, aunque así fuera, nada hacía presagiar que la invasión supondría el final de Hitler, y mucho menos su muerte. 

Sea como fuere, el vaticinio se produjo dos años antes de la invasión y soliviantó tanto los ánimos del führer que Messing fue declarado persona non grata. Se ofreció una recompensa de 200.000 marcos, una enorme cifra para la época, a quien lo entregase vivo. Para los estudiosos de su figura, el auténtico interés de Hitler por el polaco no era ajusticiarlo, sino tenerlo prisionero para aprovecharse de sus poderes, como ya había hecho años atrás con Erik jan Hanussen, otro afamado mentalista que alternaba sus actuaciones en el teatro berlinés Scala con clases privadas de ocultismo para sus seguidores más selectos, entre los que se encontraban integrantes de la más alta jerarquía nazi. Seguramente Messing conocía aquella historia, y también el final que tuvo Hanussen, quien fue encontrado muerto en medio de un bosque tras haber sido devorado por las alimañas, por lo que decidió huir a la URSS, único país que en aquellos años podía protegerle de la ira nazi. 

Una vez allí logró el amparo de las autoridades, que le permitieron continuar con su espectáculo hasta que una noche varios agentes de la agencia secreta NKVD –precursora del KGB– solicitaron sus servicios. Por declaraciones que años más tarde realizaría su entonces ayudante en el escenario, Valentina Ivanóvskaya, era el propio Stalin quien lo llamaba a su presencia, cautivado por su fama e intrigado por la forma en la que ese hombre menudo podría ayudar a la Unión Soviética.

Tomado de la publicación:

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