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Otro Génesis posible: prólogo y primer capítulo - Daniel Aníbal Galatro



OTRO GÉNESIS POSIBLE

Daniel Aníbal Galatro
Septiembre/2006
(Prólogo y primer capítulo)


Este es un relato de ficción. Todo lo que aquí se menciona o postula no es real. No existen los zetarreticulianos, ni esa estrella en la Constelación de Orión, ni mi sitio en Internet, ni la Biblia, ni Darwin, ni el Museo de Ciencias Naturales de South Kensington, ni siquiera Londres ni, mucho menos, Inglaterra.

Esta recomendación previene situaciones tales como las acontecidas a muchos otros escritores que han fusionado la realidad con la ficción, y luego se han visto sometidos a profundas y sesudas investigaciones de esa ficción desde un mundo supuestamente real.

Decía Jorge Luis Borges que nunca hay que referirse a lugares que aún existen. Si se ambienta una situación en un escenario que nunca existió o que ya ha desaparecido, puede decirse de él lo que uno desee, ya que nadie podrá contrastar sus descripciones con el escenario real.

Por otra parte, ¿quién puede marcar definidamente un límite entre la realidad y la ficción? El propio Borges creó la suya tan cuidadosamente que pudo luego irse a vivir en ella, dejando al resto de la Humanidad en el mundo real.

Este relato está instalado en tiempo y espacio en esa zona borrosa, indefinida en sus tres, cuatro o más dimensiones, que se genera entre realidad y ficción. Una historia que pudo o no sucederme, buscando explicaciones a los orígenes y la evolución de seres como usted y como yo.

Prevenido debidamente, y sabiendo el lector desde ya que no agregará ningún elemento preciso fundamental a su conocimiento de las ciencias sociales ni naturales, si aún está deseoso de compartir la búsqueda más importante de mi vida, sea bienvenido.

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Desde el año 2003, mi esposa Olga y yo tenemos un sitio en Internet. Abarca múltiples temas de nuestro interés, aunque resulta insuficiente, pues, en realidad, nos interesa todo lo humano.

Frecuentemente recibimos e-mails desde muy variados lugares del mundo referidos a cada uno de los temas allí albergados. Nos llegó hace unos meses uno muy especial. Lo enviaba alguien que firmaba “Álvaro Fernández Ribas” y decía muy poco sobre su lugar de origen.

En un castellano - persisto en llamar así al idioma “español” - muy particular, plagado de errores ortográficos, y contaminado con el nuevo lenguaje de Internet que reemplaza palabras por extrañas abreviaturas fónicas. Trascripto a una escritura más normal, decía lo que sigue.

“Estimado Profesor: Estuve recorriendo su sitio en la red y me sorprendió que tratara temas tan diversos. Especialmente me disgustó que se expusiesen en igual forma asuntos no solamente dispares sino antagónicos. Por ejemplo, y esto lo deseo destacar pues me afectó notablemente, hablan allí del origen del hombre según la Biblia, del origen del hombre según los paleontólogos, del origen del hombre según los metafísicos, todo en un mismo nivel, sin opiniones favorables ni desfavorables para cada posición teórica. Sería importante que usted mismo me explique por qué están así presentados y cuál es su posición personal.”

Acostumbrado a recibir este tipo de críticas, le respondí:

“Estimado Álvaro: Nuestra política es mostrar todo el espectro de opiniones sobre cada tema pero no asumir la defensa de ninguna en particular. Creemos que eso, de alguna forma, es mostrar objetividad, aunque sé que no es aplicable en la práctica ese concepto teórico, y que, de una u otra forma, siempre somos inevitablemente subjetivos. Te invito a participar de este ámbito y expresar tus propias opiniones. Seguramente todos saldremos enriquecidos con ello.”

Pasaron unos cuantos días antes de que nos llegara otro mail de este desconocido visitante de nuestro sitio. Ya casi lo había olvidado pues el tiempo lo había convertido en un correo más de un Álvaro más, de los que teníamos bastantes. Debí abrirlo y comenzar a leerlo para recordar a qué tema se referían sus cuestionamientos.

Esta vez aceptaba nuestra posición neutral de no expresión de opinión, convenía en participar del sitio de tanto en tanto, cuando lo creyera importante, y enviaba a modo de primera colaboración una pregunta: “¿Qué sabe usted acerca de los zetarreticulianos”?

Inmediatamente le envié mi respuesta, que condensaba en forma clara, correcta, concisa y completa - como aconsejan deben ser las comunicaciones - todo mi conocimiento sobre ese tema: “Nada. Absolutamente nada.”

Su siguiente e-mail contenía un adjunto que tenía asegurado su destino en nuestro sitio. Lo firmaba él mismo, aunque seguramente había bebido de numerosas fuentes informativas.

El misterioso Álvaro, quien quizá ni siquiera se llamaba así, expresaba en su informe todo lo básico que cualquier ser normalmente inteligente debía saber acerca de los “zetarreticulianos”. Entre esos seres normalmente inteligentes, obviamente, no me encontraba yo. Pero percibí en mi escribiente interlocutor más una cierta pena que un abierto desprecio por mi ignorancia. Quizá solamente lo intuí, pero creía ya entonces firmemente que la intuición es una forma de conocimiento. Sin más, trascribo aquí su trabajo, esta vez escrito tan correctamente que supuse que alguien lo había ayudado a redactarlo.

(Y aquí continúa la historia. Si te interesa leerla completa, puedes pedirla al autor:
dgalatrog@hotmail.com
y esperamos que sea de tu gusto.)

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