Córdoba (España), 26 Jul. 10 (AICA)
En la imagen: Mons. Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, España
En declaraciones recogidas por el diario italiano “Il Flogio”, el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, fue objeto de la atención de los medios de comunicación por sus conocidas posturas contrarias al Islam. En particular, su “no” que repitió a los musulmanes que pedían orar en la catedral de la ciudad, la antigua mezquita de Córdoba. Monseñor Fernández se defiende de toda crítica por no dejar que en la Catedral de Córdoba recen los musulmanes. “Si hoy concedo a los musulmanes rezar una vez al mes, el año que viene querrán rezar una vez por semana. Después, consagrarán el lugar de culto y ya no nos permitirán volver a entrar”, afirmó.
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Estamos rodeados de misterios. Aquí buscamos investigar y aclarar algunos de ellos.
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Más obras Literarias de Daniel Galatro
San Agustín, Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia
San Agustín de Hipona (354-430), es el más grande de los Padres de la Iglesia y uno de los más eminentes doctores de la Iglesia occidental, nació en el año 354 en Tagaste (Argelia actual).
Su padre, Patricio, un pagano de cierta estación social acomodada, que luego de una larga y virulenta resistencia a la fe, hacia el final de su vida se convierte al cristianismo. Mónica, su madre, natural de África, era una devota cristiana, nacida a padres cristianos. Al enviudar, se consagró totalmente a la conversión de su hijo Agustín. Lo primero que enseñó a su hijo Agustín fue a orar, pero luego de verle gozar de esas santas lecciones sufrió al ver como iba apartándose de la Verdad hasta que su espíritu se infectó con los errores maniqueos y, su corazón, con las costumbres de la disoluta Roma."Noche y día oraba y gemía con más lágrimas que las que otras madres derramarían junto al féretro de sus hijos", escribiría después Agustín en sus admirables Confesiones. Pero Dios no podía consentir se perdiese para siempre un hijo de tantas lágrimas. Mónica murió en Ostia, puerto de Roma, el año de 387, asistida por su hijo.
Juventud y estudios
Agustín se educó como retórico en las ciudades norteafricanas de Tagaste, Madaura y Cartago. Entre los 15 y los 30 años vivió con una mujer cartaginesa cuyo nombre se desconoce, con quien tuvo un hijo en el año 372, llamado Adeodatus, que en latín significa regalo de Dios.
Contienda intelectual
Inspirado por el tratado Hortensius de Cicerón, Agustín se convirtió en un ardiente buscador de la verdad, que le llevó a estudiar varias corrientes filosóficas. Durante nueve años, del 373 al 382, se adhirió al maniqueísmo, filosofía dualista persa, muy extendida en aquella época por el imperio romano. Su principio fundamental es el conflicto entre el bien y el mal, y a Agustín el maniqueísmo le pareció una doctrina que parecía explicar la experiencia y daba respuestas adecuadas sobre las cuales construir un sistema filosófico y ético. Además, su código moral no era muy estricto; Agustín recordaría posteriormente en sus Confesiones: "Concédeme castidad y continencia, pero no ahora mismo". Desilusionado por la imposibilidad de reconciliar ciertos principios maniqueístas contradictorios, Agustín, abandona la doctrina y decide por el escepticismo. En el año 383 se traslada de Cartago a Roma, y un año más tarde se va a Milán como profesor de retórica. Allí se mueve en círculos neoplatónicos. Allí también conoce al obispo de la ciudad, al gran Ambrosio, la figura eclesial de mayor renombre por santidad y conocimiento de aquel momento en Italia. Ambrosio le recibió con bondad y le ilustró en las ciencias divinas. Y así, poco a poco, renace en Agustín un nuevo interés por el cristianismo. Su mente, tan prodigiosa, inquita y curiolsa, va descubriendo la Verdad que hasta ahora le había eludido, sin embargo, vacilaba en su compromiso por debilidades de la carne, temía comprometerse porque sabía que tendría que reformar su vida disoluta, y dejar atrás muchos gustos y placeres que tanto le atraían. Rezaba a menudo, "Señor, dame castidad, pero no ahora. "Pero un día, según su propio relato, escuchó una voz, como la de un niño, que le decía: Tolle et legge (toma y lee). Pero, al darse cuenta que estaba completamente solo, le pareció inspiración del cielo y una exhortación divina a leer las Santas Escrituras. Abrió y leyó el primer pasaje que apareció al azar: "…no deis vuestros miembros, como armas de iniquidad al pecado, sino ofreceos más bien a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida, y dad vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no tendrá ya dominio sobre vosotros, pues que no estaís bajo la Ley, sino bajo la gracia" (Rom 13, 13-14). Es entonces cuando Agústín se decide, y sin reserva, se entrega en alma y cuerpo a Dios, siguiendo su ley y explicandola a otros. A los 33 años de edad recibe el santo bautismo en la Pascua del año 387. Su madre que se había trasladado a Italia para estar cerca de él, se llenó de gran gozo.
Agustín, ya convertido, se dispuso volver con su madre a su tierra en África, y juntos se fueron al puerto de Ostia a esperar el barco. Pero Mónica ya había obtenido de Dios lo que más anhelaba en esta vida y podía morir tranquila. Sucedió que estando ahí en una casa junto al mar, por la noche, mientras ambos platicaban debajo de un cielo estrellado de las alegrías que esperaban en el cielo, Mónica exclamó entusiasmada : "¿Y a mí que más me puede amarrar a la tierra ? Ya he obtenido mi gran deseo, el verte cristiano católico. Todo lo que deseaba lo he conseguido de Dios". Poco días después le invadió una fiebre y murió. Murió pidiendo a su hijo "que se acordara de ella en el altar del Señor". Murió en el año 387, a los 55 años de edad.
Obispo y teólogo
Agustín regresó al norte de África y fue ordenado sacerdote el año 391, y consagrado obispo de Hipona (ahora Annaba, Argelia) en el 395, a los 41 años, cargo que ocuparía hasta su muerte. Fue un periodo de gran agitación política y teológica; los bárbaros amenazaban el imperio romano llegando incluso a saquear a Roma en el 410, y el cisma y la herejía amenazaban internamente la unidad de la Iglesia. Agustín emprendió con entusiasmo la batalla teológica y refutó brillantemente los argumentos paganos que culpaban al cristianismo por los males que afectaban a Roma. Combatió la herejía maniqueísta y participó en dos grandes conflictos religiosos, el uno contra los donatistas, secta que sostenía que eran inválidos los sacramentos administrados por eclesiásticos en pecado. El otro, contra las creencias pelagianos, seguidores de un monje británico de la época que negaba la doctrina del pecado original. Durante este conflicto, que duró por mucho tiempo, Agustín desarrolla sus doctrinas sobre el pecado original y la gracia divina, soberanía divina y predestinación. Sus argumentos sobre la gracia divina, le ganaron el título por el cual también se le conoce, Doctor de la Gracia. La doctrina agustiniana se situaba entre los extremos del pelagianismo y el maniqueísmo. Contra la doctrina de Pelagio mantenía que la desobediencia espiritual del hombre se había producido en un estado de pecado que la naturaleza humana era incapaz de cambiar. En su teología, los hombres y las mujeres son salvos por el Don de la Gracia Divina. Contra el maniqueísmo defendió con energía el papel del libre albedrío en unión con la gracia.
Agustín murió en Hipona el 28 de agosto del año 430.
Washington DC: Pronostican altas temperaturas en las próximas décadas
[Solve Climate P/Diario El Peso]
Un estudio prevé que hacia el 2050 en Washington DC habrá más de 100 días con temperaturas superiores a 32 grados, si las emisiones de gases con efecto invernadero continúan como actualmente.
http://www.diarioelpeso.com/anteriores/2010/18082010/US_180810_CalorExtremoEste.php
Un estudio prevé que hacia el 2050 en Washington DC habrá más de 100 días con temperaturas superiores a 32 grados, si las emisiones de gases con efecto invernadero continúan como actualmente.
http://www.diarioelpeso.com/anteriores/2010/18082010/US_180810_CalorExtremoEste.php
El Iceberg de Groenlandia es un blooper - Trascribimos aquí la verdad
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[Por Eduardo Ferreira] Esta semana el profesor Andreas Muenchow, científico experto en glaciares y hielos oceánicos, entró a la posteridad cuando fue citado por todos los medios de desinformación masiva del mundo diciendo que el témpano desprendido “tiene el tamaño de 4 islas de Manhattan”. De inmediato el diputado norteamericano Markey hizo su aporte al debate sugiriendo que “los escépticos deberían construir allí su propio país”, infausta declaración que hemos publicado hace cinco días en este mismo sitio web [Se refiere al de la FAEC].
Este témpano se convirtió de inmediato en un ícono del calentamiento global, aunque uno mucho más grande se desprendió del mismo glaciar hace 50 años –justo durante uno de los períodos de enfriamiento ocurridos durante el siglo 20.
Es necesario saber que el calor derrite al hielo; ¡no lo quiebra! El glaciar Petermann, como cualquier otro glaciar del mundo, recibe nevadas copiosas en sus cabeceras, que luego se comprimen y se convierten en hielo. El peso de la masa helada empuja al glaciar valle abajo en dirección al mar y la lengua de hielo comienza a extenderse sobre la superficie del mar. Las mareas y el constante avance del glaciar hace, que en un momento dado, la resistencia del balcón de hielo disminuya y termine quebrándose. Se desprende un témpano. Y los periodistas del mundo salen corriendo como Pepe Pollito gritando, “¡El cielo se cae, el cielo se cae!”.
Este témpano se desprendió cinco meses después de que un grupo internacional de científicos dijeran que la pérdida de hielo de Groenlandia se expande hacia la costa noroeste desde el sur. “Los cambios en la capa de hielo están sucediendo rápido y definitivamente estamos perdiendo más masa de hielo de lo que anticipábamos,” dijo la señora Isabella Velicogna de la NASA. Lo que Velicogna no dijo es que la pérdida de hielo observada de Groenlandia es el 0,006% de la masa de hielo. A esa tasa de pérdida el hielo habrá desaparecido en unos cuantos millones de años. Me quedo más tranquilo. Otra cosa sería si desaparece en 100.000 años.
Ver nota completa en:
http://www.diarioelpeso.com/anteriores/2010/18082010/MAB_180810_DisneyOnIce.php
La deuda ecológica ya asciende a la suma de… casi un planeta
Comencemos por tratar de comprender de qué se trata exactamente esto de la “deuda ecológica”. En esencia se trata de la cuantificación de la responsabilidad que tienen los países industrializados y sus grandes corporaciones por haber venido utilizando los recursos naturales de todo el planeta. Así como por la degradación ambiental causada por su modo de vida basado en el consumo excesivo de bienes y servicios.
Los altos estándares de vida del 20% más rico de la población mundial, han sido sostenidos por una utilización desmedida e insustentable de los recursos naturales que no les pertenecen a ellos, sino que es toda la humanidad la que debería beneficiarse de su existencia, con una utilización responsable y sostenible en el tiempo.
Dentro del concepto de Deuda Ecológica, se esgrime habitualmente que los países del Sur somos los acreedores y los del Norte los deudores. Sin embargo, podemos considerar también entre los acreedores a muchos de los habitantes del Norte, ya que ellos también están padeciendo los problemas ambientales y, en el mismo sentido, existe una gran cantidad de empresas, muchas veces asociadas o apoyadas por su propios gobiernos en el Sur, que también portan una buena cuota de responsabilidad en este deterioro ambiental a escala planetaria.
Podemos inferir entonces que, los verdaderos deudores son en definitiva, y más allá de su ubicación geográfica, por un lado las grandes compañías generadoras de hábitos de consumo innecesarios y excesivos y por otra, ese 20% de la población mundial que está consumiendo el 80% de los recursos producidos.
Asimismo, los acreedores serían ese otro 80% de la población que paga las consecuencias de la degradación ambiental, sin recibir a cambio más que el constante deterioro de su calidad de vida.
La raíz de esta deuda es, sin duda el actual modelo de producción industrial, basado en el consumismo y la acumulación de riqueza, con su consiguiente generación descontrolada de residuos, emisión de gases de efecto invernadero, contaminación de agua y atmósfera, degradación de la tierra, deforestación de bosques, destrucción de ecosistemas, desigualdad social y demás calamidades.
La medición de los intereses de la deuda ecológica sería bastante compleja. Resulta más simple definir la parte de capital. Y es simplemente volver a dejar la Tierra como estaba, ecológicamente hablando, antes del inicio de la industrialización.
¿Imposible? Probablemente tanto como que Europa devuelva a los países de Latinoamérica y África el oro, plata saqueados durante siglos. Y las vidas segadas.
Sin embargo, Europa no sería lo que es ahora sin los millones de toneladas de plata y oro de América ni sería la misma sin la esclavitud de los 70 millones de africanos que fueron arrancados de sus tierras. Y el sometimiento, despojo o aniquilación a que fueron sometidos los pueblos originarios de América. Hay una responsabilidad histórica y presente por esto.
El caso es que deberíamos encontrar la forma de cobrar esa deuda y, posiblemente un buen inicio sería con la deuda externa. Los cientos de miles de millones de dólares que el Sur le debe al Norte, podrían servirnos para restaurar nosotros mismos parte de las condiciones ambientales de nuestras regiones. Para recuperar la posibilidad de devolver el campo a los campesinos y sus territorios a los pueblos originarios. Para limpiar y detener la contaminación de nuestros cursos de agua sin confrontar con las necesidades económicas acuciantes que nos obligan a mercantilizar los recursos naturales.
La deuda externa serviría para pagar solo una mínima parte de la deuda ecológica, pero sería un buen comienzo para demostrar que están aprendiendo a respetar el planeta. A partir de ahí deberíamos acordar juntos cómo cambiar el sistema para hacerlo más justo y ambientalmente sustentable. Por nosotros, por las generaciones futuras y por nuestra supervivencia como especie.
Una nota de Ricardo Natalichio - Director de EcoPortal.net
en
http://conexion13.com.ar/web/seccion/opinion/
Los altos estándares de vida del 20% más rico de la población mundial, han sido sostenidos por una utilización desmedida e insustentable de los recursos naturales que no les pertenecen a ellos, sino que es toda la humanidad la que debería beneficiarse de su existencia, con una utilización responsable y sostenible en el tiempo.
Dentro del concepto de Deuda Ecológica, se esgrime habitualmente que los países del Sur somos los acreedores y los del Norte los deudores. Sin embargo, podemos considerar también entre los acreedores a muchos de los habitantes del Norte, ya que ellos también están padeciendo los problemas ambientales y, en el mismo sentido, existe una gran cantidad de empresas, muchas veces asociadas o apoyadas por su propios gobiernos en el Sur, que también portan una buena cuota de responsabilidad en este deterioro ambiental a escala planetaria.
Podemos inferir entonces que, los verdaderos deudores son en definitiva, y más allá de su ubicación geográfica, por un lado las grandes compañías generadoras de hábitos de consumo innecesarios y excesivos y por otra, ese 20% de la población mundial que está consumiendo el 80% de los recursos producidos.
Asimismo, los acreedores serían ese otro 80% de la población que paga las consecuencias de la degradación ambiental, sin recibir a cambio más que el constante deterioro de su calidad de vida.
La raíz de esta deuda es, sin duda el actual modelo de producción industrial, basado en el consumismo y la acumulación de riqueza, con su consiguiente generación descontrolada de residuos, emisión de gases de efecto invernadero, contaminación de agua y atmósfera, degradación de la tierra, deforestación de bosques, destrucción de ecosistemas, desigualdad social y demás calamidades.
La medición de los intereses de la deuda ecológica sería bastante compleja. Resulta más simple definir la parte de capital. Y es simplemente volver a dejar la Tierra como estaba, ecológicamente hablando, antes del inicio de la industrialización.
¿Imposible? Probablemente tanto como que Europa devuelva a los países de Latinoamérica y África el oro, plata saqueados durante siglos. Y las vidas segadas.
Sin embargo, Europa no sería lo que es ahora sin los millones de toneladas de plata y oro de América ni sería la misma sin la esclavitud de los 70 millones de africanos que fueron arrancados de sus tierras. Y el sometimiento, despojo o aniquilación a que fueron sometidos los pueblos originarios de América. Hay una responsabilidad histórica y presente por esto.
El caso es que deberíamos encontrar la forma de cobrar esa deuda y, posiblemente un buen inicio sería con la deuda externa. Los cientos de miles de millones de dólares que el Sur le debe al Norte, podrían servirnos para restaurar nosotros mismos parte de las condiciones ambientales de nuestras regiones. Para recuperar la posibilidad de devolver el campo a los campesinos y sus territorios a los pueblos originarios. Para limpiar y detener la contaminación de nuestros cursos de agua sin confrontar con las necesidades económicas acuciantes que nos obligan a mercantilizar los recursos naturales.
La deuda externa serviría para pagar solo una mínima parte de la deuda ecológica, pero sería un buen comienzo para demostrar que están aprendiendo a respetar el planeta. A partir de ahí deberíamos acordar juntos cómo cambiar el sistema para hacerlo más justo y ambientalmente sustentable. Por nosotros, por las generaciones futuras y por nuestra supervivencia como especie.
Una nota de Ricardo Natalichio - Director de EcoPortal.net
en
http://conexion13.com.ar/web/seccion/opinion/
25 de Agosto: San Ginés, el comediante que llegó a los altares
Era un comediante pagano. Hoy diríamos que Ginés fue actor de teatro.
Cuidaba, en efecto, de las diversiones del emperador Diocleciano. Casualmente, pudo asistir, sin ser visto, a una administración del Bautismo que los cristianos conferían a sus catecúmenos, a pesar de la fuerza pública y de las leyes prohibitivas del Estado.
Pensando que su parodia agradaría al César y a los magnates de la corte, se fingió enfermo y llamó a dos colegas en el oficio para que simulasen una administración bautismal.
Lo cierto es que, mientras sus compañeros se burlaban de lo lindo, tocado él de la Gracia, siguió con gran devoción las distintas ceremonias hasta que terminaron y recibió el verdadero Bautismo de Jesucristo. Le vistieron luego, según era costumbre cristiana en los primeros siglos, con blancas vestiduras.
Para continuar la burla, el Emperador y los que le asistían, satisfechos por la seriedad que creían aparente, mandaron traer un ídolo de Venus. Indicaron a Ginés que lo adorase o se preparase para los tormentos —todo esto en broma—, pero él se incorporó del lecho en que, milagrosamente, se había despojado de su enfermedad espiritual y, de pie, se dirigió al Emperador en estos términos:
«Oídme, Emperador, y todos cuantos estáis aquí, oficiales del ejército, filósofos, senadores y pueblo, lo que voy a decir. Jamás pude ni aun oír el nombre de cristiano, antes me llenaba de horror al escucharlo, y detestaba a mis propios parientes porque profesaban aquella Religión. Procuré con vana curiosidad ver los misterios de los cristianos para que, en público, imitándolos, moviese al pueblo a risa; mas al tiempo que yo pedí el Bautismo, dentro de mí mismo sentí un remordimiento de conciencia acerca de mi vida, gastada toda en maldades; tanto, que me provocó a dolerme y a tener pesar por haber sido malo. Al tiempo que quisieron echar el agua sobre mi cabeza y me preguntaron si creía lo que los cristianos creen, levantando los ojos al cielo, vi una mano que bajaba sobre mí, y vi ángeles con rostros de fuego que de un libro recitaban todos los pecados de mi vida. Me dijeron que sería limpio de ellos si recibiese el agua purificadora. Así lo deseé. Luego que cayó sobre mí el agua bautismal, vi la escritura del libro borrada sin que ni quedase señal alguna de letras. Mira, pues, Emperador, y todos vosotros romanos, lo que es justo que haga: pretendí agradar al Emperador de la tierra y hallé gracia con el Emperador del Cielo; procuré causar risa en los hombres y causé alegría en los ángeles. Por tanto, confieso desde hoy a Jesucristo por verdadero Dios y os exhorto a todos que hagáis lo propio para salir de las tinieblas de que yo he salido».
El emperador Diocleciano, airado en gran manera, mandó encarcelarle. Al día siguiente fue atormentado: le rasgaron los costados con uñas de hierro y le aplicaron luego hachas encendidas.
El Mártir sufrió con gran confianza estos tormentos, hasta que el verdugo le cortó la cabeza y durmió así pacíficamente en el Señor.
iesvs.org
Cuidaba, en efecto, de las diversiones del emperador Diocleciano. Casualmente, pudo asistir, sin ser visto, a una administración del Bautismo que los cristianos conferían a sus catecúmenos, a pesar de la fuerza pública y de las leyes prohibitivas del Estado.
Pensando que su parodia agradaría al César y a los magnates de la corte, se fingió enfermo y llamó a dos colegas en el oficio para que simulasen una administración bautismal.
Lo cierto es que, mientras sus compañeros se burlaban de lo lindo, tocado él de la Gracia, siguió con gran devoción las distintas ceremonias hasta que terminaron y recibió el verdadero Bautismo de Jesucristo. Le vistieron luego, según era costumbre cristiana en los primeros siglos, con blancas vestiduras.
Para continuar la burla, el Emperador y los que le asistían, satisfechos por la seriedad que creían aparente, mandaron traer un ídolo de Venus. Indicaron a Ginés que lo adorase o se preparase para los tormentos —todo esto en broma—, pero él se incorporó del lecho en que, milagrosamente, se había despojado de su enfermedad espiritual y, de pie, se dirigió al Emperador en estos términos:
«Oídme, Emperador, y todos cuantos estáis aquí, oficiales del ejército, filósofos, senadores y pueblo, lo que voy a decir. Jamás pude ni aun oír el nombre de cristiano, antes me llenaba de horror al escucharlo, y detestaba a mis propios parientes porque profesaban aquella Religión. Procuré con vana curiosidad ver los misterios de los cristianos para que, en público, imitándolos, moviese al pueblo a risa; mas al tiempo que yo pedí el Bautismo, dentro de mí mismo sentí un remordimiento de conciencia acerca de mi vida, gastada toda en maldades; tanto, que me provocó a dolerme y a tener pesar por haber sido malo. Al tiempo que quisieron echar el agua sobre mi cabeza y me preguntaron si creía lo que los cristianos creen, levantando los ojos al cielo, vi una mano que bajaba sobre mí, y vi ángeles con rostros de fuego que de un libro recitaban todos los pecados de mi vida. Me dijeron que sería limpio de ellos si recibiese el agua purificadora. Así lo deseé. Luego que cayó sobre mí el agua bautismal, vi la escritura del libro borrada sin que ni quedase señal alguna de letras. Mira, pues, Emperador, y todos vosotros romanos, lo que es justo que haga: pretendí agradar al Emperador de la tierra y hallé gracia con el Emperador del Cielo; procuré causar risa en los hombres y causé alegría en los ángeles. Por tanto, confieso desde hoy a Jesucristo por verdadero Dios y os exhorto a todos que hagáis lo propio para salir de las tinieblas de que yo he salido».
El emperador Diocleciano, airado en gran manera, mandó encarcelarle. Al día siguiente fue atormentado: le rasgaron los costados con uñas de hierro y le aplicaron luego hachas encendidas.
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